Sólo
el espejo me mostró la realidad: un hombre que era el mismo y, al mismo tiempo,
difería sustancialmente de lo que había sido hasta entonces.
FJ
Segovia Ramos, El hombre tras el monstruo
Es una tarde estival andaluza, seca, de esas en las que el sol, atestado de osmio, cae sobre la cabeza, impertérrito, pervertido por la displicencia y tonificado por la intolerancia hacia una especie que se empecina en devastar uno de sus planetas. Es una tarde, tecleaba, calurosa, de verano retorcido, de bochorno replicado, de esas que prefieres pasar en el hemisferio sur o, demasiado enervado para desafiar la muralla ecuatorial, directamente en Siberia...
Pues, como el que no quiere la cosa, con ésta, son ya cien veces las que me he asomado a este rincón al sur de Córdoba, atalaya desde la cual se disfruta de las mejores vistas de la comarca. Mirador privilegiado para estar al tanto de lo que sucede en el contorno austral de la provincia...
Hay que joderse lo felices que son todos los españoles que pululan por el mundo… Y, por extensión, o por especificación, los andaluces, los madrileños, los manchegos, los canarios… y todos los nacionales de las diversas nacionalidades de esta nación de naciones que es España… Prácticamente, tantos como televisiones autonómicas. Y no sólo por el mundo en general, cuidado, también por el mundo en particular, desde lo local a lo continental: por Wyoming, por Estados Unidos, por América; por Helsinki, por Finlandia, por Europa… y demás...
En más de una ocasión, obcecado por la carpetovetónica pasión crítica, he catalogado a la humanidad como el peor cáncer del planeta. Sobrecoge la egoísta tendencia humana a imponerse frente a todo en un macabro ejercicio de colonización o dominación que satisfaga su insensible narcisismo, su jaquecosa arrogancia y su condenable complejo de superioridad. También reconozco haber arremetido fundadamente contra el turismo, esa plaga infame, quizá catalizador, cooperador necesario, de aquella naturaleza cancerígena que asola el planeta...