Buscando
información relacionada con un tema que no viene ahora a cuento, me topé con
una noticia publicada a finales de la pasada primavera. En ella se informaba
acerca de los problemas de filtraciones y humedades en un convento cordobés y
su iglesia adyacente, que obligaban a llevar a cabo obras de reparación y
restauración. Las religiosas que habitaban el convento habían invitado al periodista
a acceder al edificio y recorrerlo, señalando las zonas afectadas. La Madre
Abadesa puso de manifiesto la urgencia y pedía ayuda a la población, pues su
principal fuente de ingresos radicaba en la elaboración artesanal y venta de
roscos y magdalenas, régimen laboral con el cual no les era posible sumar los
poco más de diecisiete mil euros necesarios para la obra proyectada. Ni
siquiera la donación de productos típicos de festividades, días de precepto o
santorales destacados del calendario, a cambio de la voluntad, suplían la
escasez presupuestaria. En este punto, se quejaban las reverendas madres de
que, para el 14 de junio, todavía disponían de existencias de panes de San
Antonio, que no habían visto salida el día anterior, de manera que, a modo de
triste llamada de atención hacia los feligreses, las monjas se preguntaban: «¿No
conocen la tradición, hermanos?».