Estoy
tras la vidriera de mi lugar de trabajo enfrascado en mantener con dignidad una
llamada telefónica profesional mientras los transportistas en huelga, al
volante de sus camiones y camionetas, cruzan la avenida (de inmediato
descubriría que, en realidad, están circundando el paseo que centra la zona,
cual circuito de carreras dominguero). Llevan más de una hora de recorrido,
acompasado por el tradicional abuso del claxon, los cartelones reivindicativos
y la interrupción del tráfico, o el colapso, más bien, pues se les ha
reservado, para el ejercicio de su derecho, uno o dos carriles, manteniendo la
circulación ordinaria en los restantes. Condición, esta última, que puede
fastidiar al resto de usuarios, sin llegar a joderlos del todo. Quizá, de haber
sido la convocante alguna de las principales organizaciones sindicales, el tema
se habría planteado de otra forma, con corte total del tráfico, megáfono lanza
eslóganes, pancarta en cabeza sostenida por líderes sindicales y políticos (de
la oposición, claro) y un mosquerío periodístico a la caza de la imagen o la
frase de apertura de informativos y periódicos. Pero la circunstancia es la que
es, y es lo que hay.