Han
sido muchos los articulistas que, con mayor o menor éxito, han tratado de
estudiar con carácter sumario el vocablo «tonto», sea en grados de tontuna, sea
en clases o categorías de tontos. Por ejemplificar, Juan Manuel de Prada ha
recurrido en varias ocasiones a su admirado Leonardo Castellani, quien atendió al
porción de conciencia que tenían sobre su cortedad de ingenio: «1) Tonto a
secas; esto es, ignorante. 2) Simple; esto es, tonto que se sabe tonto. 3)
Necio; esto es, tonto que no se sabe tonto. 4) Fatuo; esto es, tonto que no se
sabe tonto y además quiere hacerse el listo. 5) Insensato; esto es, tonto que
no se sabe tonto y encima quiere gobernar a otros». Algo parecido es posible
con la expresión «hijo de puta», si bien dotándola de menor sofisticación: 1)
Hijoputa (o la variante clásica hideputa): empleada en lenguaje coloquial, en
tono amistoso o jocoso, en plan qué cabrón eres, mamonazo, pero con cariño y
palmadita en la espalda o carcajada de prudente doble ja, como alternativa honorable;
su uso vilipendioso será secundario y vulgar. 2) Hijo de puta: lanzada ya con
inquina, con animus ofendi, y dudando
de la honradez materna, ganada a pulso por el receptor. 3) Hijo de la gran puta:
hijo de puta de nivel superior, con agravante pergeñada con detestables dotes
para la ignominia, y considerando la jefatura maternal en el ámbito de las
cantoneras. 4) Hijo de la grandísima puta: supremo hijo de puta, vitando género
hitleriano, chafarrinada de la humanidad, y nieto por línea directa descendiente
de la madre de todas las cantoneras.