España es por lo general un país
desagradecido. Cuando la incultura es un mal endémico, condenar el genio al
ostracismo es tendencia programática. No en vano, fue un español, y
refiriéndose a España, quien escribió: «El genio ha menester del laurel para
coronarse; y ¿dónde ha quedado entre nosotros un vástago de laurel para coronar
una frente? El genio ha menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas».
Palabras recogidas en «Horas de invierno», artículo publicado en El Español, allá por el año 1836.
Palabras de don Mariano José de Larra que cuentan con más de ciento setenta y
cinco años y resumen, con la gracilidad de tan ilustre pluma, el condenado y
condenable carácter español, jactancioso de su oscurantismo y camarada de la
envidia. Esta desconsideración hacia el intelecto, y sus derivados, provoca que
grandes maestros en toda clase de artes y ciencias mueran pobres y
desahuciados, desgraciados anónimos, relegados, aplastados por el silencio y
enterrados en una tumba hipotecada, rodeados por la soledad y el abandono.