Me
dice mi hermano —de cuyos ascendientes prefiero no acordarme, básicamente, porque
son los míos—, con un punto de mordaz guasa deslizándosele por el paladar, que
mi estilo literario o narrativo es rococó, por lo enrevesado de su
morfosintaxis, con frases asfixiantes, acribilladas por sucesivas subordinadas
que se entretejen en un laberinto sobrecogedor, y lo recargado de su semántica,
con vocablos impronunciables e imaginarios, en una afectiva disposición a
procrastinar la comprensión de los textos. Y claro, tan indigesta e irritante
estética —rumia con fraterno descoyunto— repele a los lectores, como mi feo
careto repele una bella mujer (la metáfora es cosecha propia); de manera que —vaticina,
reseco y picante— la probabilidad de mi éxito literario, al persistir con el
ruinoso estilo, deviene, y necesariamente devendrá, escasa, como mi
probabilidad de ligar con una miss, una actriz hollywoodense u otra mujer
sin déficit visual severo (la metáfora sigue siendo mía).