Ya
nos advertía aquella preclara mente discursiva del presidente Mariano Rajoy
que, quien habla mucho, más peligro corre de errar durante su soflama o
alocución. Se refería el portento a esos cortocircuitos léxicos, esos
resbalones oratorios, esos apaleamientos sintácticos, esos lapsus linguae
que, con frecuencia ferroviaria, solían hacer un alto en sus celebérrimos
pregones. Pero estos pequeños (por el nivel de importancia de su contenido)
traspiés dialécticos, los cuales sin duda conmueven y mueven a la risa, la
condescendencia o la compasión, no deben confundirse con aquellas estulticias
soltadas después de un supuesto (y atención a lo de supuesto) proceso de
reflexión y análisis, culminado con una conclusión lógica (por emplear algún
termino hipotético). Lanzados a discreción, se asemejan a identificadores de
una infame bajeza moral, que pretenden excusar o justificar acciones altamente
reprobables, partiendo de la consideración de que los oyentes son idiotas
(punto probable, claro) o que tienen las cualidades esofágicas de Linda
Lovelace (igualmente probable). Vocablos con la consistencia de la diarrea de
una vaca que avergüenzan e indignan a cualquier persona con un mínimo de
honestidad e integridad, y que, tacharlos de eufemismos, sólo provocaría una licuación
mayor de esa diarrea vacuna. Por desgracia, en menos de diez años, hemos vivido
algunos de estos episodios.