La
puñetera movilidad exterior, colgante desde hace un par de artículos. Aquella
infame expresión con la que, hace unos años, la, por entonces, ministra de
trabajo salió del paso, con la lucidez de una bombilla desfilamentada, de las
críticas ante la marabunta de jóvenes que emigraban, huyendo de la precariedad,
los abusos y la falta de oportunidades de un modelo o un mercado laboral
incapaz de absorber tanta masa de talento bien formado (¡y con dinero público,
oiga!) que recorría, miserable y andrajoso, mendicante, sus frías y nefastas
calles, fue una realidad que quedó confusa, como diluida entre los vapores del
tiempo. Sin embargo, se mantiene latente, porque los que se fueron continúan
allí, y la pérdida del goteo resulta incesante, como el grifo escacharrado de
una vivienda abandonada o de unos habitantes cultivados en el abandono.