sábado, 13 de junio de 2026

Una tilde para un nombre

  Así están las cosas. Hasta puede que usted, lector hispanohablante que sea de aquéllos que gustan de sestear al cobijo de la abyecta sombra de la masa aborregada por la ordinaria rusticidad de las modas, haya recurrido o, de hecho, recurra naturalmente al depravado uso. Hemos alcanzado el grotesco periodo histórico de la lingüística en el que ya no existe el nombre José. Ahora lo que se lleva es allanarlo, ametrallando la tilde hasta volatilizarla, como en las películas de gánsteres, cuando vacían el cargador de su Thompson. Ahora es Jose, que queda como más chachi, más guay, más urbanita, más chic. Bajeza oral (no se idealice un malpensado doble sentido) que se colma con la escritura, en la que el empleo de la tilde se abstiene como el ateo se abstiene de comulgar, provocando el encuentro durante la lectura una ceja enarcada tensa cual acento circunflejo. Y, entre versión oral y escrita, puestos en faena genocida, te abofetea a mano vuelta Joaquin, en lugar de Joaquín; Jesus, en lugar de Jesús; Aaron y no Aarón; Raul y no Raúl; o Julian y no Julián (mi colosal aborrecimiento hacia esas páginas internáuticas que colapsan al añadir la tilde a mi nombre).

Saga Bond: Pierce Brosnan (I)

  Arrastré (juro lo preciso del verbo) a mi buen amigo el poeta Manuel Guerrero hasta el mítico cine local Palacio Erisana para ver mi primer estreno en pantalla grande de una película de 007. Aquel adolescente de quince años se agitaba enfebrecido no por el ardor hormonal, sino, entendido como excepción a ese estado natural, por el ansia de la novedad cinematográfica, magnificada por la coyuntura del gigantismo de la proyección. Se había estrenado la última aventura de James Bond cuando todavía tenía nueve años, edad insuficiente para disfrutar de la experiencia. Pero, en aquellas inciertas fechas de 1995 o 1996 (irrumpió en España durante los albores de las Navidades de 1995, y quizá llegaría a la ciudad con retraso), el cartelón a las puertas del Palacio era una tentación fascinadora a la que me subyugaría cualquiera que fuera o fuese el precio. Y arrastré conmigo, entonces, a mi amigo Guerrero, quien, como amigo, pletórico de resignación, comprensión o condescendencia, se dejó llevar por la vorágine de locura e ilusión emanada por mi persona. Y, así, vi o vimos, aunque seguro que con desigual ánimo, convirtiéndome en moroso en una deuda de amistad que no podré satisfacer jamás, el entreno en cine de GoldenEye.

domingo, 31 de mayo de 2026

Cosechar lectores

 Artículo publicado en Lucenadigital.com:

He tenido la suerte, y lo habré tecleado en alguna ocasión, de tener unos padres que siempre fueron conscientes del valor de un libro, no como mero elemento decorativo de alguna sala sofisticada del hogar, sino como herramienta cultural y educativa, de conocimiento, también como medio para discernir la realidad y fomentar el espíritu crítico, instrumento útil y necesario, en definitiva, para la formación y para asegurar un futuro laboral razonablemente próspero, mejorar las perspectivas que ellos pudieron tener o, de hecho, tuvieron...

Cosechar lectores

España 1931-1936 (V)

 Artículo publicado en Surdecordoba.com:

Convencido de que, propulsado por la impaciencia, inquieto lector, durante el ordinario interludio mensual, habrá consultado Wikipedia, no me recrearé en el episodio del buque Turquesa fondeado a unas millas de la costa asturiana y empleado para transportar un alijo de armas y munición, adquirido por el empresario Horacio Echevarrieta, tercero interpuesto y buen amiguete de Indalecio Prieto, tras ser reunido para posibilitar el golpe de Estado contra el dictador portugués Antonio de Oliveira Salazar, pero nunca abonado... 

España 1931-1936 (V)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Mosqueteros de 1948

  Todavía andamos esperando, al menos éste que suscribe, una buena adaptación cinematográfica de la monumental obra de Alexandre Dumas. Aunque no fatiga un liviano ejercicio reflexivo para adoptar la cuestión de si de veras resulta necesaria. Considero que no. Los tres mosqueteros es una novela universal y clásica, sin duda, prodigiosa por sí misma, que funciona en su plenitud a través del medio en el cual se concibió. Dicho o tecleado de otro modo, la única forma de disfrutar de Los tres mosqueteros sin ambages ni mesuras es leyéndola. Sólo la lectura (y quizá ya lo haya reivindicado en alguna que otra ocasión), el rugoso tacto del papel, el agudo olor de la impresión y encuadernación, permitirá acompañar en sus aventuras y vicisitudes a los cuatro inmortales amigos, deleitarse con la fluidez de la narrativa del autor (o de su negro), congestionar la imaginación con una historia imperecedera, abandonarse a la seducción (y a la perdición) de Milady y comprender, en esta extraña época actual, tan desnaturalizada, deshumanizada y digitalizada, que hubo un tiempo en el que se priorizaban una serie de principios y valores por encima, incluso, de la propia vida. Lo demás siquiera son adaptaciones, sino meras versiones supeditadas a los intereses y percepciones del momento, o a los caprichos o tendencias, o a los formatos o modas. Aprovechar los réditos de un éxito ajeno. Nombres o premisas que garanticen el beneficio, que aseguren la inversión y, cómo no, suplan la carestía de ideas originales.

Saga Bond: Timothy Dalton (y II)

   Consecuencia de emprender, en 1988, la producción cinematográfica número dieciséis de una colección de catorce libros es que no se disponga de un título sugerente; que, pese a tener la posibilidad de escoger entre veintiuno, ninguno de ellos resulte convincente en un cartel promocional. O su traducción, como ocurriría veinte años después con Quantum of Solace (Cuánto de consuelo, Cantidad de consuelo… Mejor dejarlo en inglés). Porque el detalle de la fidelidad a la historia original hace tiempo que quedó descartado, si es que alguna vez fue respetado. Quizá en las primeras entregas, con Ian Fleming todavía vivo. La saga se había vuelto por momentos selectiva, por momentos rapiñadora, al elaborar los guiones, y la traslación o adaptación fiel, en su medida, nunca había sido ni fue motivo de preocupación. Por ello, en aquel año de 1988, se idearía un título exclusivo para el nuevo filme, Licencia revocada, que rescató, como punto de partida, una escena olvidada de la novela Vive y deja morir, en la que Felix Leiter pierde un brazo y una pierna, al ser arrojado a las fauces de un tiburón, cuando lo capturan los villanos (en posteriores publicaciones el lector se cruzará con un Leiter reconvertido en detective y una suerte de garfio o pinza en su muñón); y aprehendió tres o cuatro elementos del relato La rareza de Hildebrand, para componer un guión que narraba cómo queda revocada la condición de agente doble cero de James Bond, a la cual renuncia para vengar la cruel agresión a su amigo y a la esposa de éste (apostillaría yo que con mayor inquina asesina y destructora que la conformada por el asesinato de la suya).

viernes, 1 de mayo de 2026

España 1931-1936 (IV)

 Artículo publicado en Surdecordoba.com:

La radicalización del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), reflejo, he de insistir (hay mucho tonto suelto por el mundo —también he de insistir—), del contexto europeo, ha llamado a la puerta del primer bienio republicano. Francisco Largo Caballero es Presidente del PSOE desde octubre de 1932, pero Secretario General de la Unión General de Trabajadores (UGT) lo es desde 1918, al dejar el penal de Cartagena, donde fue huésped, junto a Julián Besteiro, por la huelga general de 1917...

España 1931-1936 (IV)