Todavía
andamos esperando, al menos éste que suscribe, una buena adaptación
cinematográfica de la monumental obra de Alexandre Dumas. Aunque no fatiga un
liviano ejercicio reflexivo para adoptar la cuestión de si de veras resulta
necesaria. Considero que no. Los tres mosqueteros es una novela
universal y clásica, sin duda, prodigiosa por sí misma, que funciona en su
plenitud a través del medio en el cual se concibió. Dicho o tecleado de otro
modo, la única forma de disfrutar de Los tres mosqueteros sin ambages ni
mesuras es leyéndola. Sólo la lectura (y quizá ya lo haya reivindicado en
alguna que otra ocasión), el rugoso tacto del papel, el agudo olor de la
impresión y encuadernación, permitirá acompañar en sus aventuras y vicisitudes
a los cuatro inmortales amigos, deleitarse con la fluidez de la narrativa del
autor (o de su negro), congestionar la imaginación con una historia
imperecedera, abandonarse a la seducción (y a la perdición) de Milady y
comprender, en esta extraña época actual, tan desnaturalizada, deshumanizada y
digitalizada, que hubo un tiempo en el que se priorizaban una serie de
principios y valores por encima, incluso, de la propia vida. Lo demás siquiera
son adaptaciones, sino meras versiones supeditadas a los intereses y
percepciones del momento, o a los caprichos o tendencias, o a los formatos o
modas. Aprovechar los réditos de un éxito ajeno. Nombres o premisas que
garanticen el beneficio, que aseguren la inversión y, cómo no, suplan la
carestía de ideas originales.