domingo, 12 de julio de 2026

"Estáis perdidos"

  Somos varios quienes esperamos la llegada del autobús en esta suave tarde de mayo en la capital de la provincia. No soy de los que cogen el coche o el transporte público para desplazarse por el interior del municipio, prefiero la movilidad a base de desgastar suelas. Pero mi destino está distante y, aunque el tiempo invita al agradable paseo, tampoco es cuestión de dedicarle horas extras al gimnasio. Un puñado de personas, entonces, aguardamos en la parada del número correspondiente con mayor o menor nivel de paciencia. Consulto la pantalla informativa sobre la estimación del paso, y al mío todavía le quedan doce minutos. A mi lado, un matrimonio sexagenario permanece de pie; la mujer manifiesta evidentes signos de desesperación que, si bien expone a su marido con gesto enfurecido, lo hace de un modo discreto, sin alzar la voz. Un cuarto de hora que llevamos aquí, le viene a decir, y faltan otros diez minutos, que es otro cuarto de hora. Pergeña, por ello, la buena señora una estrategia de transbordos que les vaya acercando poco a poco a su destino y haría las delicias del general más condecorado del Ejército, puesto de inmediato en práctica, al subir al primer autobús que para. A unos pasos, una madre y su hija, ataviada con uniforme escolar, comentan los acontecimientos de la jornada en el centro educativo. La niña cuenta a su madre los resultados de un trabajo realizado con unas amigas, las preguntas de una profesora, las materias de un examen próximo. La madre la escucha, atenta, intercambia impresiones y, de vez en cuando, le retoca a su hija la melena larga y negra que se le altera con los esporádicos golpes de una brisa baja y escurridiza, que se entremete por los exiguos huecos que la masificación de la avenida le brinda. Tras de mí, el frío poyo metálico que, holístico, sobresale de la estructura que conforma la parada, lo ocupan un hombre y una mujer mayores, octogenarios, y un muchacho enfrascado en la pantallita del móvil, pulgares oponibles a velocidad de crucero y casquitos inalámbricos colgando de los pabellones auditivos, quien pronto abandona el lugar, al arribar el autobús de su número, justo el mismo del matrimonio sexagenario descrito líneas atrás. Tampoco tardará demasiado el hombre en levantarse, accediendo al suyo un minuto después, quedando, así, la abuelita sola en el asiento. Pequeña, encorvada, pelo níveo corto. Viste blusa marfil y pantalón negro, y necesita una muleta que reposa sobre su torso. De repente, una mujer, con un florido conjunto verdoso, se asoma, impaciente, a la pantalla informativa, para exhalar, aliviada, y retirarse unos metros. Más angustiadas, si cabe, unas turistas, acento mesetario, pantuflas veraniegas y sombrero de paja de ala ancha, preguntan por la parada de un número que no terminan de localizar, por lo que salen pitando hacia otra zona de la avenida, cuando se les advierte de los que pertenecen a la nuestra. Presencia fugaz la de un padre y sus dos hijas, en hora para su autobús. Casi tanto como un septuagenario de porte gallardo y aire galante, muy repeinado, conjunto ocre primaveral, quien les sigue.

Saga Bond: Pierce Brosnan (II)

  Ese punto y seguido para la humanidad que fue Internet orillaba la cotidianeidad social, humedeciendo los albores de un nuevo periodo histórico. Los satélites dominaban la circunnavegación espacial y la era de la información había revolucionado las transmisiones. Los medios de comunicación, como cuarto poder, se muscularon inflamando sus venas con una miríada de datos que transitaban entre paralelos y meridianos en milésimas de segundos. La mitad de los años noventa era para ellos el preludio de una fagocitación inminente de los tres poderes estatales… Qué lejos estaban de prever que aquella arma internáutica se convertiría, a la postre, en su perdición. Que cualquier mindundi de tres al cuarto podría emitir la información en tiempo real, sirviéndose de un mero aparatito telefónico. Que cualquier cantamañanas con un ordenador a su disposición podría crean su propia página de contenidos, incluidos los informativos. Que los ciudadanos podrían continuar sosteniendo su nivel de borreguismo sin necesidad de pagar por ello.

sábado, 4 de julio de 2026

España 1931-1936 (VI)

 Artículo publicado en Surdecordoba.com:

El objetivo principal del plan revolucionario urdido por los líderes socialistas radica en controlar o dominar la cuenca minera, desde donde se lance el ataque a Oviedo, contando con el levantamiento obrero de la capital, lo que es un éxito, pese a tardar más de lo previsto y producirse descoordinaciones entre las diversas columnas (Ablaña, Mieres y Sama). Los casi dos mil defensores de Oviedo quedan aplastados por la superioridad numérica revolucionaria, y la conquista de la capital no es sino la muestra de la conquista de toda la región...

España 1931-1936 (VI)

miércoles, 1 de julio de 2026

De la novela al guión

 Artículo publicado en Lucenadigital.com:

Cualquier excusa vale, para quedar con un amigo y compartir un rato, aunque este amigo sea gorrón inexcusable, apático cual solitaria lechuga servida en plato a la hora de la cena y misántropo empedernido, con título universitario y doctorado en insociabilidad. Y es que no siempre podemos elegir a los amigos, contra lo prevenido por la sabiduría popular, sino que nos vienen impuestos por el macabro capricho del destino, el negro humor del dios que fuere (tan negro como pueda estar el esfínter de un muerto) o el negocio diario del infortunio. Después, la vida significa una indecente carga del gravamen (injusto) impuesto, que cada cual soporta o sobrelleva de acuerdo con sus capacidades, sus ánimos o su naturaleza...

De la novela al guión

sábado, 13 de junio de 2026

Una tilde para un nombre

  Así están las cosas. Hasta puede que usted, lector hispanohablante que sea de aquéllos que gustan de sestear al cobijo de la abyecta sombra de la masa aborregada por la ordinaria rusticidad de las modas, haya recurrido o, de hecho, recurra naturalmente al depravado uso. Hemos alcanzado el grotesco periodo histórico de la lingüística en el que ya no existe el nombre José. Ahora lo que se lleva es allanarlo, ametrallando la tilde hasta volatilizarla, como en las películas de gánsteres, cuando vacían el cargador de su Thompson. Ahora es Jose, que queda como más chachi, más guay, más urbanita, más chic. Bajeza oral (no se idealice un malpensado doble sentido) que se colma con la escritura, en la que el empleo de la tilde se abstiene como el ateo se abstiene de comulgar, provocando el encuentro durante la lectura una ceja enarcada tensa cual acento circunflejo. Y, entre versión oral y escrita, puestos en faena genocida, te abofetea a mano vuelta Joaquin, en lugar de Joaquín; Jesus, en lugar de Jesús; Aaron y no Aarón; Raul y no Raúl; o Julian y no Julián (mi colosal aborrecimiento hacia esas páginas internáuticas que colapsan al añadir la tilde a mi nombre).

Saga Bond: Pierce Brosnan (I)

  Arrastré (juro lo preciso del verbo) a mi buen amigo el poeta Manuel Guerrero hasta el mítico cine local Palacio Erisana para ver mi primer estreno en pantalla grande de una película de 007. Aquel adolescente de quince años se agitaba enfebrecido no por el ardor hormonal, sino, entendido como excepción a ese estado natural, por el ansia de la novedad cinematográfica, magnificada por la coyuntura del gigantismo de la proyección. Se había estrenado la última aventura de James Bond cuando todavía tenía nueve años, edad insuficiente para disfrutar de la experiencia. Pero, en aquellas inciertas fechas de 1995 o 1996 (irrumpió en España durante los albores de las Navidades de 1995, y quizá llegaría a la ciudad con retraso), el cartelón a las puertas del Palacio era una tentación fascinadora a la que me subyugaría cualquiera que fuera o fuese el precio. Y arrastré conmigo, entonces, a mi amigo Guerrero, quien, como amigo, pletórico de resignación, comprensión o condescendencia, se dejó llevar por la vorágine de locura e ilusión emanada por mi persona. Y, así, vi o vimos, aunque seguro que con desigual ánimo, convirtiéndome en moroso en una deuda de amistad que no podré satisfacer jamás, el entreno en cine de GoldenEye.

domingo, 31 de mayo de 2026

Cosechar lectores

 Artículo publicado en Lucenadigital.com:

He tenido la suerte, y lo habré tecleado en alguna ocasión, de tener unos padres que siempre fueron conscientes del valor de un libro, no como mero elemento decorativo de alguna sala sofisticada del hogar, sino como herramienta cultural y educativa, de conocimiento, también como medio para discernir la realidad y fomentar el espíritu crítico, instrumento útil y necesario, en definitiva, para la formación y para asegurar un futuro laboral razonablemente próspero, mejorar las perspectivas que ellos pudieron tener o, de hecho, tuvieron...

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