La
encuentro mientras recorre uno de los pasillos del supermercado, y me fijo en
ella por casualidad. Pelo de moldeador blanqueado por la edad, por ese
transcurrir de las décadas que ha menguado un palmo su cuerpo. Iris nebulosos,
cansados de testimonios. Rostro bañado de suaves surcos, que se contraen por
momentos, cuando la boca fina y lineal se despliega en una mueca sincera, como
activada por una imagen profunda, que aflora inesperada, rebelde. Anda
encorvada, pausada, desdeñosa ante el frenético pulular del gentío que, de
escaramuza, incursiona las cuadrículas del plano del local, a contrarreloj. Con
una mano, se apoya en un bastón, el cual le permite asumir una seguridad en el
paso; con la otra, empuja una cesta customizada con ruedecitas, en la que ha
depositado un puñado de productos escogidos. Y quizá sea ese entrañable
empujar, acompasado con el salto del bastón, armonioso golpe de contera contra
la loza del suelo, tranquilo, consciente de que el objetivo de la compra es una
cuestión de necesidad, no de tiempo (el tiempo ya no es una preocupación, sino
un acompañante inevitable), lo que me ha generado una extraña sensación de
simpatía. O puede que de tierno afecto.