Cómo
nos gusta una buena peli de ciencia ficción, o una buena novela, sobre todo,
para tratar de alcanzar los logros cibernéticos o tecnológicos o
extraterrestres que, con mayor propósito imaginativo que mecánico (la
imaginación siempre fluye serenamente frente a la densidad del avance de la
mecánica), plantean con no escasas dosis de gratuidad. Al menos, anhelarlos,
distraídos por la curiosidad de la incertidumbre. El futuro es ese panorama
desconocido que nos ahoga y nos agobia, a veces, u, otras, nos emociona y nos
excita. O la posibilidad de una realidad alternativa, una realidad en la que
predomina ese progreso científico o tecnológico, una realidad de contexto
espacial y mundos galácticos, una realidad en la que la experimentación ha
progresado hacia la aplicación práctica, a la cotidianeidad del horizonte.
Ciencia ficción, en definitiva, como he tecleado, y no realidad científica,
como el productor Albert R. Broccoli definía su saga de James Bond.