—Dios,
tengo un amigo asesino. Un asesino de verdad. ¿Y tú, cómo te sientes?
—Lo
que siento es no haberme comprado una pistola hace mucho tiempo.
—¿Sigues
hablando con los muertos?
—No,
ya no.
—Claro,
ahora los fabricas.
Carlos
Augusto Casas, Ya no quedan junglas
adonde regresar.
Cuando las circunstancias son las
que son, y no las que algunos se empecinan en despacharnos con redobles de
prosopopeya y malgasto de flores al aire; cuando se carece de un trabajo que
repercuta directamente en el proporcionado incremento del volumen y peso de la
faltriquera, no queda sino renunciar a aquello de lo prescindible, aunque, en
realidad, sea imprescindible; no queda sino priorizar, prescindir de lo menos
imprescindible. Mientras carezca de un trabajo digno de alegrarme el bolsillo y
devolverme el concepto de patrimonio, la construcción de mi biblioteca ha de
verse paralizada, cual proyecto urbanístico en mitad de un descampado
cochambroso y poblado de jaramagos. Por suerte, hay bibliotecas públicas a las
cuales acudir a satisfacción (más o menos), y amigos, quienes, conscientes de
que la lectura es en mí necesidad tan perentoria como el respirar y el comer, repletos
de generoso altruismo y réplicas con aspavientos ante mis pudorosos reparos, me
suplen con obras propias y ajenas, cuya existencia siquiera habría constatado
(las ajenas, claro), no por desinterés, demérito o desprecio; sencillamente, por
no poder estar a todo. Haciéndolo a través de la liberalidad de la donación,
subscribiendo un contrato de préstamo o cediendo el usufructo temporal, en función
de las cargas y gravámenes que repercutan a ocasión; mi compromiso de no
ejercer la usucapión en sempiterna vigencia. Obras marginadas por superlativa
injusticia de tournées literarias de
áticos y canapés, covachuelas editoriales de alto copete, cierres informativos
en horario de máxima audiencia o casetas de primera línea en ferias de libros.
Obras privadas del dulce adoquín de la fama engalanada de oropel y recibida por
alfombra de sufrida chenilla.