Arrastré (juro lo preciso del verbo) a mi buen amigo el poeta Manuel Guerrero hasta el mítico cine local Palacio Erisana para ver mi primer estreno en pantalla grande de una película de 007. Aquel adolescente de quince años se agitaba enfebrecido no por el ardor hormonal, sino, entendido como excepción a ese estado natural, por el ansia de la novedad cinematográfica, magnificada por la coyuntura del gigantismo de la proyección. Se había estrenado la última aventura de James Bond cuando todavía tenía nueve años, edad insuficiente para disfrutar de la experiencia. Pero, en aquellas inciertas fechas de 1995 o 1996 (irrumpió en España durante los albores de las Navidades de 1995, y quizá llegaría a la ciudad con retraso), el cartelón a las puertas del Palacio era una tentación fascinadora a la que me subyugaría cualquiera que fuera o fuese el precio. Y arrastré conmigo, entonces, a mi amigo Guerrero, quien, como amigo, pletórico de resignación, comprensión o condescendencia, se dejó llevar por la vorágine de locura e ilusión emanada por mi persona. Y, así, vi o vimos, aunque seguro que con desigual ánimo, convirtiéndome en moroso en una deuda de amistad que no podré satisfacer jamás, el entreno en cine de GoldenEye.
En principio, para 1989, los planes continuaban en marcha. Timothy Dalton protagonizaría la tercera de las entregas para las que había sido contratado. Sin embargo, durante el primer semestre de 1990 todo se truncó. La eterna fragilidad o inestabilidad económica que identificó a Metro-Goldwyn-Mayer desde las postrimerías del pasado siglo infectó a United Artists, distribuidora de la saga, repercutiendo o contagiando a Danjaq, titular de los derechos fílmicos. La productora europea Pathé adquirió el consorcio MGM/UA bajo un estudio de mercado que preveía la venta a saldo de derechos de distribución de un paquete de películas del estudio, incluidas las dieciséis de 007, razón por la cual los guiones se tornaron más jurídicos que cinematográficos, condicionados por la tormenta del litigio, cuyos plazos abocados a la desesperante dilación atestiguaron la extinción por caducidad del contrato con Dalton. En el ínterin, Albert R. Broccoli, sometido a un arrebato de estresante delirio, despidió a los veteranos o fraternos Richard Maibaum (fallecería en enero de 1991) y John Glen, para rondar los jardines de John Landis o Ted Kotcheff, con un guión de Michael G. Wilson y Alfonse Ruggiero Jr. Los pleitos, no obstante, tecleado queda, arrasaron con todo.
Superada la fase judicial, tocaba reactivar la franquicia. Martin Campbell era un director neozelandés que se había profesionalizado en la televisión británica y adentrado en los vericuetos del largometraje con relativo o fluctuoso éxito. Nadie dudaba, pese a, de su rigor y eficiencia. Había compaginado la dirección con la producción, reconociéndosele sus dotes para controlar a un numeroso grupo de trabajadores dentro de los márgenes de un presupuesto. Hombre intenso, manejaba con la diestra al equipo técnico y con la siniestra, al artístico. Ante la delicada salud de Broccoli (su acreditación fue de presentación y su injerencia, consultiva), Michael G. Wilson y Barbara Broccoli afrontaron la primera línea de la producción. Conservaron a su lado a los viejos Peter Lamont, en el diseño de producción, y también a Tom Pevsner y Arthur Wooster, ahora, como productor ejecutivo, uno, y director y fotógrafo de la unidad adicional, otro; y concedieron libertad a Campbell, quien reclamó la intervención del director de fotografía Phil Meheux, curtido profesional con el que había trabajado en varios filmes. El guión, cuyo título homenajeaba a Ian Fleming, al asociarse con una de sus misiones y al nombre de su finca en Jamaica, se escribió a partir de una historia original de Michael France, quien se había dado a conocer con la película de Sylvester Stallone Máximo riesgo (Renny Harlin, 1993). De este modo, fueron contratados Jeffrey Caine y Bruce Feirstein, para desarrollar dicho guión. Caine, inquilino del medio televisivo, debutaba en el cine; mientas que Feirstein, después de haberlo ganado todo o casi todo en el ámbito publicitario, se había dedicado a escribir artículos como autor independiente para los más reputados periódicos y revistas estadounidenses, ocupación que asaineteó con esporádicas participaciones en producciones televisivas de asimilada notoriedad. Sindicado a Luc Besson, el músico francés Éric Serra, que mediaba la treintena, gozaba del necesario bagaje; si bien, a algunas piezas de la banda sonora les acopló tonos electrónicos o de sintetizadores que, aun tendencia del momento, hacen rechinar los dientes a quien subscribe. La celebérrima Tina Turner afamó la canción de cabecera compuesta por Bono y The Edge.
Sugiero al fiel lector que, almidonado con nobleza y esperanza, persevere en los modestos artículos de esta saga indague en la hemeroteca de la casa. Recordará que Pierce Brosnan estaba en el visor de los productores desde que acudió al rodaje de Sólo para sus ojos (John Glen, 1981), donde actuaba su difunta esposa Cassandra Harris. Años más tarde, los tejemanejes de la competencia televisiva obstaculizaron su oportunidad. El 4 de junio de 1994, ante unos doscientos cincuenta periodistas, se presentó a Pierce Brosnan como el nuevo actor que interpretaría al Agente James Bond, 007. Reunía Brosnan el físico, esa presencia en pantalla, y ese carácter pícaro e irónico, ese toque de humor, y esa sofisticación, ese porte, que habían imprimido al personaje los dos abanderados de la franquicia: Sean Connery y Roger Moore; junto con la destreza actoral de Timothy Dalton (no entraremos en comparativas con el pobre George Lazenby, que tuvo bastante). Debía ser un Bond aclimatado a los nuevos tiempos y a la nueva realidad histórica, tras la desaparición de la Unión Soviética, que no podía permitirse olvidar sus raíces, aquellos malhechores y aquella Guerra Fría no tan lejanos. El resto del elenco fue arribando con naturalidad. Famke Janssen, modelo reconvertida a actriz, con sus pinitos en el cine, se superó en su papel de villana desorbitada y orgásmica. Izabella Scorupco, otra modelo adaptada y adoptada por el cine (corrió diferente suerte en el mundillo), cumplió con solvencia su condición de mujer independiente, con iniciativa propia y, en cierta medida, arrojada. Sean Bean ya era un actor de carrera en el cine y la televisión británicas, de cualidades indiscutibles, que ha salvaguardado hasta la actualidad. La apuesta de la entrega, revolucionaria para la etapa, fue, desde luego, Judi Dench, veterana actriz de reconocido prestigio, para el papel de una M obligada a potenciar su liderazgo en un ambiente predominantemente masculino. Reflejo de esta apuesta, el histriónico Alan Cumming. Secundarios de lujo, Gottfried John, Robbie Coltrane y Joe Don Baker. Samantha Bond, quien había compartido tablas con Dench, encarnaría a Moneypenny y nadie podía ni podrá arrebatarle el papel de Q a Desmond Llewelyn.
Los efectos digitales calaban con fluidez en la industria cinematográfica de mitad de los noventa, pero los productores de la saga Bond confiaban ciegamente en la técnica artesanal, en un equipo decano capaz de lo máximo. Peter Lamont y Martin Campbell sabían que el estudio de 007 en Pinewood no podría albergar la monumentalidad del proyecto, por lo que se fueron hasta Leavesden (hoy se localizan allí los estudios de la Warner Bros.), donde se hallaba una antigua fábrica militar de helicópteros de la Rolls-Royce cerrada, que revertieron en estudio para el largometraje, con los diversos platós y escenarios y, en su exterior, recrearon los edificios y las calles de San Petersburgo, donde no obtendrían los permisos de las autoridades para la escena de la persecución con el tanque. Enmascararon como tren blindado soviético una locomotora British Rail Class 20 y un par de vagones Mark 1. Utilizaron en empréstito tanto el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, como el prototipo número 1 (había cuatro) del helicóptero Tigre de Eurocopter (hoy, Airbus Helicopters), que no entraría en servicio hasta principios de los años 2000. La producción, en consecuencia, fue una manufactura tradicional, con miniaturas, decorados y efectos especiales y visuales clásicos, del personal de Chris Corbould, Steve Crawley, Steve Hamilton, Andy Williams o el miniaturista Derek Meddings, habitual de la saga, que fallecería en septiembre de 1995 sin sazón de comprobar los resultados de su trabajo (a su memoria, la película). Y anecdóticos toques digitales para un presupuesto modestísimo para la época de unos sesenta millones de dólares. El triunfo del filme lo es (y siempre lo fue en la saga), en parte, por la pericia y el talento de sus especialistas. Wayne Michaels mantuvo con el corazón en un puño al director de la segunda unidad Ian Sharp y su equipo, para la escena del salto en la presa, como lo hicieron Jacques Zoo Malnuit y el renombrado BJ Worth, para el salto al avión sin piloto. Prodigios todos ellos que tampoco habrían sido posibles sin la consagración al proyecto de Albert R. Broccoli, sin su convicción y empuje, sin su pasión y empeño, legando la eternidad de unas obras y la posteridad de un personaje cinematográfico. Murió el 27 de junio de 1996, para él, GoldenEye sería la última entrega de la saga.
Año 1986. La URSS todavía es la URSS. Los soviéticos son los malos de la película y, simulada entre los hormigonados muros de una presa en Arcángel, se oculta una industria de armamento químico. El familiar juego de enfoques y sombras de la cámara marca la figura de un hombre que recorre veloz el camino de la cima de la instalación, para realizar un salto con liana que le permitirá adentrarse en las entrañas de la mole a través de una rendija. Los agentes del Servicio Secreto Británico, 007, James Bond, y 006, Alec Trevelyan (Sean Bean), asaltan la factoría con la misión de destruirla, contadores de las bombas a seis minutos. El militar encargado, coronel Ourumov (Gottfried John), les echa encima un batallón defensivo, que apresa a 006 y lo ejecuta. Bond reduce los contadores a tres minutos y, escudado de las balas enemigas tras un bidón cargado de algún producto altamente explosivo, huye en una avioneta a la que sube en pleno salto al vacío. Nueve años después, en 1995, 007 se halla en Montecarlo, sobre los pasos de Xenia Onatopp (Famke Janssen), expiloto de cazas soviéticos y miembro del sindicato criminal Jano, dedicado al tráfico de armas, quien ha seducido a un almirante de la Marina Real Canadiense con el fin de asesinarlo en mitad de acto sicalíptico y suplantarlo por un perfecto doble criminal. La aleve treta les permitirá robar el helicóptero Tigre, última generación impune a los ataques electromagnéticos, sin que Bond, que ha descubierto la marrullería demasiado tarde, haya podido evitarlo. Ya en la sede del MI6 en Londres Bond investiga la fechoría, y la trama aprovecha para introducir los tradicionales diálogos devaneadores con Moneypenny (Samantha Bond), que ella solventa con mayor prestancia y seguridad que antaño, durante el breve trayecto hasta la sala de satélites desde donde tratan de averiguar el paradero del helicóptero, el cual es localizado en una estación siberiana de seguimiento en Severnaya. Allí, mediante narración en paralelo, han aterrizado Ourumov y Onatopp, quienes se hacen con los mandos de control del GoldenEye, arma satelital de la extinta URSS capaz de lanzar pulsos electromagnéticos, no sin antes ametrallar a todos los trabajadores de la estación y programar el arma para arrasarla. Sólo se salvan de la masacre los informáticos Boris Grishenko (Alan Cumming) —poco después se revelará su condición de traidor— y Natalya Simonova (Izabella Scorupco), quien emergerá de los escombros hacia el gélido paisaje de su entorno. La secuencia de acontecimientos es observada desde la sala del MI6, así que M (Judi Dench) asigna la misión a 007, con preceptiva visita a Q (Desmond Llewelyn). El jefe científico surtirá a Bond de artilugios tan molones como un bolígrafo explosivo (se activa y desactiva con tres pulsaciones del botón de muelle) y un cinturón de rápel (el reloj láser vendría de serie), sin obviar el BMW Z3 equipadísimo (o eso garantizan, pues queda para un anecdótico uso ordinario). San Petersburgo reúne a Natalya y a Bond, cada cual por su lado, aún. Ella contacta con Boris, cuya corrupción le hará secuestrarla, al ser una peligrosa testigo de las fechorías del grupo Jano. Por su parte, 007 enlaza con el agente de la CIA Jack Wade (Joe Don Baker), quien le recomienda que negocie con Valentin Zukovsky (Robbie Coltrane), rival directo en el tráfico de armas, con el que Bond tuvo un encuentro en el pasado poco afortunado para el ruso. La cuestión es que, entre dimes y diretes con Zukovsky y tentativa de los mismos con Onatopp, Bond se cita con Jano, quien resulta ser Alec Trevelyan. Descendiente de cosacos rencoroso con el estado británico, conspiró fingiendo su propia muerte, aunque, al adelantar Bond los contadores de las bombas, sufrió quemaduras que desfiguraron la mitad de su rostro. Las irreconciliables posturas de los viejos amigos provocan que Bond abandone su estado de inconsciencia atado dentro del Tigre, programado en modo autodestrucción, acompañado de Natalya como copiloto. El sistema de eyección libra de la muerte a la pareja, que es detenida por el Ministro de Defensa Dimitri Mishkin (Tchéky Karyo). Durante el interrogatorio, Natalya desvela todo el entramado criminal, al tiempo que Ourumov irrumpe y mata al ministro, al saberse desenmascarado. 007 y Natalya intentan escapar, pero ella es capturada, situación que el agente británico no va a consentir, razón por la cual, haciéndose con un tanque, persigue por las calles rusas el coche de los secuestradores. Sin embargo, no puede evitar que Natalya caiga en las manos de Trevelyan, cuyo tren de transporte consigue Bond embestir con el tanque; pese a, se verá atrapado junto a Natalya en un vagón con los contadores de los explosivos a seis minutos, según le advierte Trevelyan (giño, giño; o sea, a tres minutos). Entretanto Bond urde una fuga con su reloj láser, la destreza informática de Natalya triangula el origen de la señal de control del GoldenEye en Cuba. En la isla caribeña, la pareja localiza el escondrijo de la organización Jano, en el que, una vez que acaba con Onatopp, que ha ido en su busca, se introduce procurando una discreción inútil, puesto que ambos son detectados y cazados, no sin antes reprogramar Natalya el GoldenEye para una reentrada atmosférica que lo desintegre o estrelle e imantar Bond un puñado de bombas estratégicamente repartido. Claro que Trevelyan desactiva las bombas (conoce las funciones remotas del reloj del espía) y explica todos los pormenores de su plan, destinado a robar el Banco de Inglaterra y eliminar los registros financieros del país, abocado, con ello, a la debacle económica, y el rastro de su actividad malhechora. El muro de códigos de seguridad creado por Natalya pone nerviosos a los presentes, incluido Boris, quien, en la trifulca causada por los intrusos, ha cogido el bolígrafo especial de Q con el que juguetea activándolo y desactivándolo mientras Bond computa de soslayo, hasta que, de un certero manotazo, lo envía al rincón propicio para la explosión del lugar. 007 se apresura hacia la antena y la sabotea, iniciándose una lucha a muerte con Trevelyan… a muerte para este último. Finalmente, cómo no, desmoronamiento de la guarida villana, baño de Boris en nitrógeno líquido y reencuentro amoroso de 007 y Natalya, interrumpido (los cánones de la saga lo mandan) por Wade y su equipo de marines.
Suele comentarse, en los más simplones mentideros cinematográficos, que cada espectador tiene su James Bond preferido, coincidente o no con un sesgo generacional. Yo alabo el conjunto, con sus oscilaciones, y tengo, al menos, una favorita, la mejor, de cada uno de los actores protagonistas, lo que adiciona (lo he admitido) la única de George Lazenby. Me gustan prácticamente todas las de Daniel Craig, quien representó a un 007 distinto, a la par, muy efectivo o contundente, y muy ajustado en su temperamento al escrito por Fleming (llegará su turno). Sin embargo, el Agente James Bond, 007, es Pierce Brosnan, pues se aúnan en él cada uno (o la mayoría) de los rasgos del personaje, los cinematográficos y los literarios (ese aire de masculinidad, esos ojos claros, ese flequillo de pelo negro…). Considero a Brosnan como el prototipo de Bond, y tal vez por eso cautivó o embelesó a aquel joven que asistió a la proyección de GoldenEye en el cine Palacio Erisana. Hasta que el portento de Tom Cruise no estrenó esa asombrosa Misión imposible: Sentencia mortal (Christopher McQuarrie, 2023), ni había visto ni vi secuencias de acción más grandiosas o que funcionaran tan bien como los dos saltos de la introducción de GoldenEye (sí, de acuerdo, aventaja Cruise por prescindir de dobles). Luego está la interpretación de Brosnan, el perfil de los variados personajes, la narrativa de la trama y el mimo al detalle. La encantadora belleza de Izabella Scorupco (¡cómo no salir enamorado del cine!), conciliada con esa fortaleza que brota de su personaje. La fotografía de Phil Meheux, que enmarcaría los fotogramas del salto de la presa a través de ese filtro a la cámara, el vuelo del avión a ras de las llamas en la industria química y el atardecer en la playa de Puerto Rico. Han pasado treinta años y, salvedad hecha a algún efecto digital que provocaría el chasquido de lengua, la película luce espléndida, con una dignidad absoluta. Entretenida e interesante. Destacable en la saga.
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