sábado, 13 de diciembre de 2025

Saga Bond: Roger Moore (IV)

  En la columna de repercusiones negativas del fenómeno La guerra de las galaxias (con posterioridad, Episodio IV: Una nueva esperanza —1977—) copa puesto destacado, sin lugar a dudas, Moonraker (1979). Lastimero pastiche de las tres entregas anteriores creado al servicio no de Su Majestad, sino del populacho, o sea, de la demanda popular o la moda de la época; al servicio de un ánimo mercantilista, de un beneficio económico, sin importar el resultado, o casi. Legítimo y necesario interés, irreprochable, aunque no sortee un tensado de conciencia, cuando ha de comparecer en pantalla un personaje consolidado en el acervo, como James Bond, 007.

Con la guerra espacial como tendencia colectiva, la maldita tentación sometió la voluntad de los productores. En el contexto galáctico de finales de los setenta, lanzar al agente británico más famoso de todos los tiempos al espacio, con casco, naves, láseres e ingravidez, era un concepto demasiado jugoso como para dejarlo pasar. Si el tema consistía en usar, a un nivel de mero aspecto formal o formalista (para eso se habían apoquinado los derechos), los títulos de las novelas de Ian Fleming, Moonraker hacía pleno. Envuelta en la justificación (o excusa) de una actualización de la historia y del personaje (la novela homónima se había publicado en 1955), pues Albert R. Broccoli pensó que por un cohetito (el diminutivo es literal) apuntando a Londres no merecía la pena ni levantarse de la cama, junto al título de la novela, sólo se conservó el nombre del villano: Hugo Drax. Con ello, el flamante productor ejecutivo Michael G. Wilson institucionalizó la máxima más y mejor, que el director Lewis Gilbert, en su tercera incursión en la saga, interpretó en el sentido de que no hacía falta innovar, para qué cambiar lo que funcionaba, al extremo de trabajar, según sus palabras, con la tranquilidad del éxito asegurado fuera cual fuese el producto a estrenar. Pelín más moderado Broccoli, quien, reconociendo que la saga prácticamente iba sola y subrayando que su género no era la ciencia ficción sino la realidad científica, afirmó que siempre había que tener muy presente a los espectadores y respetarlos. Comprender qué esperaban del nuevo filme y proporcionarles aquella idea aferrada en la mentalidad gregaria del equipo: evasión. La saga Bond se había instituido en un producto de evasión, y evasión a raudales debía brindar. Lo curioso de tan simpáticas premisas fue que, conforme a lo pronosticado, Moonraker arrasó en taquilla, la undécima entrega fue la de mayor recaudación hasta la fecha.

Con su confianza sobrepasando nuestro sistema solar, Broccoli firmó el prohibitivo presupuesto de treinta y dos millones de dólares que le calcularon. Metidos en faena, el guión, como de costumbre, emanó del esfuerzo armonizado de la camarilla, que Christopher Wood se volvió a encargar de cuadrar. Por ejemplo, la secuencia del salto del avión sin paracaídas de la ineluctable escena introductoria asomó de un cajón atascado de Wilson y generó un problema de rodaje: la cámara panorámica. El volumen y peso de la cámara puso a prueba el ingenio técnico para rodar el tramo de planos aéreos. De nuevo, Wilson, de paseo por una callejuela parisina, se fijó que el escaparate de una tiendecita exponía un diminuto gran angular. Era un objetivo Panavisión de plástico, no de cristal, prototipo desechado por la marca, según el vendedor, sobre el cual manufacturaron una cámara especial de titanio, ligera, apta para el rodaje de la escena. Pero el primer problema fue, menuda ironía, Gran Bretaña, o su reciente reforma en materia tributaria, que desterró la producción a Francia, y sería ya coproducción. País donde los sindicalistas eran muy suyos, Ken Adam, director artístico, una vez ocupados todos los platos franceses (Pinewood quedó para la dirección de maquetas), tuvo que lidiar con la negativa de los operarios a las horas extras. Únicamente la verdadera maestría de sus diseños alentó a unos obreros que acudían los domingos acompañados de sus familias. Y es que los catedralicios decorados de Adam para el filme son prodigiosos. El segundo problema fueron los efectos especiales o espaciales. A sus exagerados facturones, las empresas estadounidenses consultadas sumaron un porcentaje de los beneficios. Así que el ingenio fue otra vez crucial. Para la ingravidez, claro, se colgó al equipo artístico de cuerdas; para lo demás, Derek Meddings, supervisor de efectos visuales, se la jugó (en general, la producción se la jugó) con la técnica de la exposición múltiple del negativo, que consistía en rodar el plano con un elemento, rebobinar la película, rodar con otro elemento, rebobinar, y sucesivamente. Un suplicio de sudores fríos, también para los directores de la segunda unidad, John Glen, que había de ejercer como editor del largometraje, y Ernest Day. Como lo fue para el director de fotografía Jean Tournier, quien sustituyó a Claude Renoir, que inició la preproducción, jubilado por esa enfermedad ocular que le había arrastrado dificultades en la anterior entrega. Palmario el puesto de John Barry en la música y la composición de cabecera con letra de Hal Davis y voz de la inconfundible Shirley Bassey.

Con cuatro largometrajes a sus espaldas, Roger Moore todavía hubo de torear la sempiterna comparación periodística con Sean Connery, insistiendo en que sus carencias físicas debía suplirlas con chispazos verbales, acordes con su carácter. La sección artística de la coproducción incorporó a Michael Lonsdale, cuya solvencia interpretativa dotó del preciso grado hierático al personaje, y a la seductora Corinne Cléry. Fue la providencia la que sentó a la hermosa Lois Chiles al lado del director en un vuelo. Por aclamación (cientos de cartas saturaron la productora), Richard Kiel redimió a su emblemático personaje. Y los habituales Desmond Llewelyn, Lois Maxwell y Bernard Lee, en su última aparición, puesto que fallecería víctima de un cáncer en enero de 1981.

Unos malhechores roban la nave espacial Moonraker, que ha sido cedida por Estados Unidos a Gran Bretaña en régimen de empréstito, durante su vuelo de transporte. El prestigio de la nación británica está en juego, la misión ha de recaer sobre el mejor agente secreto: 007, James Bond, quien disfruta de un agradable vuelo que se torna ingrato de repente con la aparición taumatúrgica de Tiburón (Richard Kiel), y culmina con un enfrentamiento paracaidista del cual Tiburón sobrevive en un ejercicio no de suspensión de la incredulidad, sino de tapiado de la misma, encubándola en un espacio angosto y opaco, al estamparse (tras ridículo aleteo) contra la carpa de un circo. Toca, entonces, una visita a la empresa californiana Industrias Drax, fabricante de la nave, hasta donde viaja Bond, no sin antes recibir de Q (Desmond Llewelyn) el nuevo artilugio de la casa: una pistola muñequera de dardos. En California, la bella Corinne Dufour (Corinne Cléry) será la guía (y algo más) de un Bond cuyos primeros careos con Hugo Drax (Michael Lonsdale), multimillonario visionario amante del lujo, la sofisticación y las féminas a pares, ya le provocan esos típicos gestos de cejas enarcadas. En el inmensísimo y afrancesado complejo Drax, Bond conoce a la doctora Holly Goodhead (Lois Chiles), directora de proyectos, que lo invita a probar la máquina centrífuga utilizada en los entrenamientos de los astronautas. Máquina que será manipulada por el secuaz de Drax, Chang (Toshiro Suga), al objeto de que el agente deje de inmiscuirse. La celebérrima pulsera lanza dardos salva a Bond de una muerte segura, confirmando sus sospechas acerca de la implicación de Drax. En un merodeo nocturno por la mansión Drax, con parada lujuriosa en la habitación de Corinne, cuya intimidad y asistencia le constarán la vida, 007 encuentra unos planos que le proporcionan la siguiente pista hasta una factoría vidriera en Venecia, donde se topa, oh casualidad, con la doctora Goodhead (en realidad, agente encubierta de la CIA), y descubre que se produce un extraño compuesto químico muy tóxico para los humanos, aunque inocuo para el resto de especies. Los persistentes intentos por asesinar a Bond ponen a prueba la viabilidad de los canales de la ciudad como circuitos de carreras de lanchas, resultando ser la del agente británico la mejor equipada para tan turbios negocios bélicos, hasta el punto de adaptarse al recorrido terrestre en su modo aerodeslizador. También ponen a prueba la paciencia de los vecinos, vista la tremebunda destrucción cristalera que acarrea el ataque aleve de Chang. Adelantándose a los acontecimientos, Drax desmantela todo el chiringuito veneciano en una noche, con mucha rimbombancia y regodeo ante sus enemigos, por lo que es el hallazgo de unas cajas arrumbadas de Industrias Drax con destino Río de Janeiro lo que fija el próximo movimiento de 007. En la carnavalesca ciudad brasileña, Bond se tropieza con Goodhead. Aliados en un objetivo común, escapan del enésimo sabotaje aderezado con pretensiones asesinas de Tiburón, cuya inmortalidad (tradicional batacazo sin consecuencias) queda gratificada con el amor a primera vista de Dolly (Blanche Ravalec), sin bien no pueden evitar el secuestro de Goodhead. El mortal compuesto veneciano se elabora a partir de la orquídea negra, sólo perjudicial para los humanos, procedente del Amazonas. Allí, reiterada la escena de la persecución fluvial, Bond es conducido hasta la base secreta de Drax, donde, cómo no, le expone su maligno plan de exterminio de la humanidad y posterior repoblación de acuerdo con una serie de parejas seleccionadas que se dispone a proteger en una instalación espacial desde la cual despedirá un remedo de bombas cargadas del material tóxico. Las naves Moonraker le son necesarias para el transporte espacial y una de ellas estaba dañada, razón por cual tuvo que robar la norteamericana que había sido prestada a los británicos. Con todo aclarado y Goodhead rescatada, los dos agentes embarcan en una de las naves y arriban en la instalación espacial, en la que desmantelan el inhibidor de señales, de manera que su existencia se delata a los estadounidenses, que rápidamente ponen en órbita a una suerte de escuadrón de marines espaciales (no, la ideaza no es exclusiva de Warhammer 40.000), iniciándose una batalla de láseres en mitad del espacio entre los soldados de ambos contendientes. Mientras, en la instalación espacial, Bond y Goodhead luchan por el control. 007 ha convencido a Tiburón de que ni él ni su novia encajan en el idílico proyecto de Drax, poniéndolo, pues, de su parte. El lanzador de dardos se convierte en el arma decisiva con la que Bond mata a Drax, expulsándolo al espacio por una escotilla. Por supuesto, la instalación espacial explota. Por supuesto, Bond y Goodhead la abandonan en una cápsula de salvamento (Tiburón y Dolly lo hacen en un fragmento desgajado). Por supuesto, la pareja es interrumpida durante su reunión amorosa en gravedad cero por el cuerpo gubernativo.

Moonraker es un largometraje hecho por y para su momento. Filme alimenticio construido para aprovechar el tirón galáctico. Aquel más y mejor catequizó en lo mismo en otro entorno. Refrito que adolece de originalidad, que calca desarrollo narrativo, estructura, persecuciones en lancha (descartaron la propuesta de Wood de una persecución en motos por los puentes de Venecia), salida de un vehículo del agua que se adapta a su recorrido en tierra (en la Plaza de San Marcos los turistas, reales, alucinaron con el aerodeslizador), batalla campal. Por reincidir, se repitió el gag del ayudante de dirección Victor Tourjansky mirando la botella, anonadado. A pesar de ello, el guión, en su bosquejo de partida, es aceptable, la puesta en escena y los decorados son imponentes, los escenarios, magníficos, y los efectos visuales, muy meritorios. Moonraker, en definitiva, como plan empresarial, lo cortés no quita lo valiente, fue un rotundo y redondo triunfo.


Lucenadigital.com, 30 de noviembre de 2024

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