En la primavera de 1975, Guy Hamilton y su brigada se hallaban enfrascados en la preproducción de La espía que me amó cuando las infinitas deudas de Harry Saltzman, garantizadas con las acciones de la productora, lo estrangularon hasta declararse en quiebra. Sólo unas arduas negociaciones permitieron desbloquear las acciones y reactivar la producción, con la consecuente defenestración de Saltzman y la concentración de las facultades en la única persona de Albert R. Broccoli. A tan delicada situación no ayudó un problema más: el guión, o su ausencia. El acuerdo con el difunto Ian Fleming excluía la adaptación cinematográfica de la novela homónima. Broccoli debía partir del cero absoluto. Anthony Burgess (autor de La naranja mecánica), quien había expresado al productor que le rondaba una idea, envió su propuesta. Se habló, además, con John Landis. Sin embargo, el retraso generalizado en la producción provocó la desvinculación del director y los guionistas que trabajaban en ella.
Se apostó, de nuevo, por Lewis Gilbert, director de Sólo se vive dos veces (1967), quien pidió a Christopher Wood la elaboración de un guión que retocó Richard Maibaum. Se desarrolló a partir de los superlativos conceptos de un buque traga submarinos y una guarida que se emerge y sumerge, enlazando hacia el arquetipo del acérrimo defensor de los océanos que culpabiliza la actividad terrestre, sus repercusiones en los mares. Se percató Gilbert de que, en la última entrega de Moore, 007 escoraba hacía el prototipo de Connery. Se precisaba un Bond más sutil, más estoico, más distinguido o refinado; sin eludir, añadió Wood, esa vena cómica, socarrona o mordaz, tan compatible con el propio Moore, si bien, degradando un par de puntos el nivel exhibido en Vive y deja morir (1973); y redimiendo el Martini con vodka. Simulación de premio extraordinario fue la incorporación por Wood del nombre de Q: mayor Geoffrey Boothroyd. No impidió tamaño empeño narrativo que Kevin McClory pleiteara por plagio contra la producción, para salir derrotado. Quedaba la composición de una escena introductoria potente, marca de la casa, para lo cual se contrató al especialista Rick Sylvester, logrando su mítico salto BASE con esquís y paracaídas. En esta ocasión, la música se dejó al cargo del reconocidísimo Marvin Hamlisch, con un tema principal escrito por Carole Bayer Sager e interpretado por Carly Simon.
Consolidados los actores tradicionales, a escasos días del inicio del rodaje, a la explosiva Caroline Munro se le había adjudicado el papel de Naomi, la contundente lugarteniente de Stromberg; mientras que el protagonismo femenino se otorgó a la bellísima Barbara Bach, neoyorquina que se había ido entrenando en el cine italiano. Recomendación de Gilbert fue el solvente y todoterreno Curd Jürgens. Mención especial para el celebérrimo Richard Kiel, quien las pasó canutas con la prótesis dental metálica, característica esencial de su personaje: Tiburón.
Poco he hablado o tecleado, en la saga, de los efectos especiales y visuales, del diseño artístico de Peter Lamont o del diseño de producción de Ken Adam, para quien esta entrega le valió su tercera nominación al Óscar. Nadie diría que Atlantis y Liparus son, en realidad, dos maquetas. Esos escenarios, esas formas, esos entornos, esos fondos, esos acabados. Broccoli levantó todo un estudio (pasaría a denominarse 007) donde Adam construyó el interior del buque enemigo. La dificultad vino a la hora de iluminarlo. El director de fotografía Claude Renoir (sí, el nieto del pintor) puso a Adam en un brete. El fotógrafo padecía ya graves trastornos de visión (a la postre, sería su última película) que lo incapacitaban para iluminar el colosal espacio. Adam, pues, agarró su agenda y llamó al cineasta total de aquel tiempo, con quien había trabajado dos veces y ganado su primer Óscar. Llamó a Stanley Kubrick. Durante una visita furtiva y secreta de media jornada al estudio, Kubrick le aconsejó sobre la manera de iluminar con éxito en lugar, alcanzando un resultado apoteósico.
Para Broccoli era su primer largometraje de la saga en solitario. Obligado a la victoria o a morir en el intento, se implicó mucho más allá de sus funciones (y era un productor muy implicado per se), dispuesto, incluso, a cocinar espaguetis para el equipo, cuando falló la intendencia de suministros. Hubo demora, hubo obstáculos, pero Broccoli estrenó La espía que me amó en 1977. La suerte estaba echada.
Cuando un submarino nuclear soviético y otro británico desaparecen, las respectivas agencias de inteligencia activan a sus mejores agentes. La agente Triple X, mayor Anya Amasova (Barbara Bach), disfruta de su descanso en compañía de su pareja el agente Sergei Barzov (Michael Billington). James Bond, por su parte, disfruta de la habitual compañía ocasional en un retiro de montañas nevadas, al recibir la comunicación (prodigioso el reloj/fax). Perseguido por un equipo de agentes soviéticos (en una escena de esquí bien lograda), escapa saltando al vacío de un barranco, no sin antes haber aniquilado a algunos de los enemigos; entre ellos, la cámara se fijará en Barzov. Se ha desarrollado un sistema de localización de submarinos, gracias al rastro de calor que dejan a su paso, que se oferta al mejor postor, por lo que resulta vital conseguirlo. El ideador del malévolo sistema no es otro que Karl Stromberg (Curd Jürgens), una suerte de multimillonario empresario oceanográfico, que se ha montado como guarida un mastodóntico complejo submarino que emerge y sumerge a voluntad: Atlantis. Allí, liquida a su «secretaria» o «asistente» (las comillas son deliberadas), quien lo había traicionado robando y vendiendo los planos del localizador en modo microfilme, entrando en el mercado negro; también a los científicos que lo crearon, para evitar su reproducción por terceros. Aprovecha la trama para presentar a los dos esbirros de Stromberg que irán tras el microfilme: Sandor (Milton Reid) y Tiburón (Richard Kiel). Mientras, las pistas conducen a 007 hasta El Cairo, donde su amigo Sheikh Hosein (Edward de Souza), para contactar con el vendedor del microfilme, Max Kalba (Vernon Dobtcheff), le recomienda que visite a Aziz Fekkesh (Nadim Sawalha), no sin antes brindarle la hospitalidad nocturna que merece. En casa de Fakkesh le aguarda Sandor, a quien vencerá en lucha cuerpo a cuerpo, dejándolo caer desde lo alto de un edificio, tras revelarle que Fakkesh se encuentra en las pirámides (de Guiza). En efecto, reunido con Amasova, Fakkesh se escabulle al ver a Tiburón, sin lograr huir de él, siendo asesinado. Al registrar su cadáver, Bond ve anotada en su agenda una cita con Kalba en el club del que es propietario. Aunque Bond y Amasova apenas dispondrán de unos minutos con Kalba (lo que da beberse un Martini con vodka) antes de que Tiburón lo lleve hasta una trampa para asesinarlo, tomando el microfilme. Seguir a Tiburón permitirá a la pareja recuperar el objetivo, cuya información está incompleta, así que tendrán que colaborar en la misión de destruir el localizador. Será la imagen del logotipo corporativo medio solapada por un microfilme la que colocará a los agentes sobre las huellas de Stromberg y su laboratorio. Entonces, fingiendo ser un matrimonio de biólogos (mentirijilla que no despistará a Stromberg), viajan hasta Cerdeña para mantener una entrevista con el empresario en Atlantis. Durante el trayecto en tren, el guión no puede evitar incluir la típica escena de pelea en la estrechez del compartimento, la cual concluye con Tiburón arrojado por la ventana del vagón. Como tampoco puede evitar apostillar al espectador que un viaje directo a la costa de la isla en barco habría sido más pacífico; al menos, lo ha sido para Q (Desmond Llewelyn), con la intención de entregar a Bond el Lotus Esprit S1 convertible en submarino (se necesitaron siete modelos para la metamorfosis), que (previsible) sacará del pertinente apuro a los agentes, cuya relación se quebrará, al descubrir Amasova que Bond fue el causante de la muerte de Barzov. La cosa es que la entrevista con Stromberg ofrece a Bond la oportunidad de conocer Atlantis y Liparus, el buque insignia de la empresa. Su curiosa proa llama la atención del comandante Bond y procede a su ataque inmediato con la colaboración de un submarino estadounidense. Engullidos por el buque, se emprende uno de esos combates en masa en escenario hiperbólico, históricos de la saga, precedido del secuestro de Amasova, la liberación de los marinos prisioneros y la exposición del villano plan que pretende la hecatombe nuclear de la sociedad terrestre, a fin de reiniciar una nueva submarina. Por descontado que todo ello queda abortado con la intervención de Bond y el aguerrido equipo militar (obsérvese el conveniente manual de instrucciones abandonado sobre el panel de control). La muerte de Stromberg (fascinante longitud del cañón en el que la velocidad de las balas no parece verse afectada por el rozamiento al recorrer su bestial ánima), la fuga de Tiburón, el rescate de Amasova, la voladura de Atlantis y la clásica reconciliación amorosa de los agentes en la cápsula de escape anteceden los créditos de cierre.
Son los silencios en aquellos escenarios solitarios y fascinantes que atraviesa Bond. Son los juegos de luces y sombras y colores, son los contraluces, los detalles fotográficos mitológicos surtidos por Renoir. Es el realismo mágico de las maquetas y los ambientes. Son las meritorias escenas de acción, coreografiadas, ejecutadas y rodadas de forma apabullante. Es la seriedad y equilibrado papel de los personajes femeninos. Es un conjunto narrativo consumado o finiquitado, admirable. Es la ceja de Moore, enarcada en el molde donde ahorma el personaje esmerilado para su persona. La espía que me amó es uno de los mejores títulos de la saga y, quizá, el mejor de la era Moore. Un producto que se puede deleitar aisladamente. Cierto que se encharca con secuencias refritas y especímenes manidos. No obstante, como explicó Wood en una entrevista, se trata de dar lo mismo de distinta manera. Éste es el universo Bond. Como también explicó Moore apropiadamente, se trata de evasión y fantasía, no de incrementar las complicaciones diarias del espectador.
El largometraje fue un triunfo redondo para Broccoli, quien, en ese alarde de acostumbrada precognición optimista, rutinaria al columbrarse el fundido a negro en los créditos, anunció que el siguiente filme sería Sólo para sus ojos. Escacharrada la determinación, fue Moonraker.
Lucenadigital.com, 31 de octubre de 2024
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