sábado, 13 de septiembre de 2025

Saga Bond: Roger Moore (I)

  Confesaron Broccoli y Saltzman, palabrita del Niñito Jesús, que Roger Moore siempre estuvo considerado en los primeros puestos (¡o en el primero, vive Dios!) de su lista de candidatos a Agente 007, James Bond, ya desde Agente 007 contra el Doctor No (1962), y luego para 007 al servicio secreto de su Majestad (1969). Sin embargo, en plena preproducción, año 1972, todavía les rondaba las cabezotas la desquiciada idea de americanizar al personaje, pensando en un imponente físico como Burt Reynolds. Fue el resto del equipo técnico el que mantuvo la apuesta por la naturaleza británica del actor, que impregnaría al personaje. Así que, a la tercera, con la agenda despejada, un Roger Moore de cuarenta y cinco años, porte muy aparente, aceptó el puesto vacante. Aunque, en esencia, no había sido la primera vez que había interpretado al agente del MI6 creado por Ian Fleming.

Mainly Millicent era un programa de televisión, emitido por la ITV durante los años sesenta, que proponía escenas breves, normalmente cómicas, representaciones tipo sketch. En el programa del 17 de julio de 1964, un Moore famosísimo por su serie El Santo (1962-1969) participó como estrella invitada en una de aquellas escenas de corte paródico y siete minutos de duración en la cual interpretó al agente James Bond… Muy graciosa y recomendable, para los curiosos.

De vuelta al año 1972, los productores revalidaron a Guy Hamilton, quien se había manifestado en extremo solvente en todo el apartado de organización, ajustando el presupuesto, y para las secuencias de acción (apostillaría yo que tendía a cortocircuitar en la fase del desenlace con resoluciones de descabellada inmensidad); y confiaron en el buen hacer de una nueva generación de guionistas para una nueva generación del personaje y una nueva década. Como sucediera con Hamilton, Tom Mankiewicz había convencido a los productores con sus retoques en Diamantes para la eternidad (1971), siendo consciente, ahora, con el movimiento de los Panteras Negras en estado álgido, de lo delicado de una temática en la que esta raza asumiría el protagonismo villano de la historia. No obstante, la corriente cinematográfica blaxploitation estaba de moda, y la saga no podía dejar pasar la oportunidad.

Que el guión se fue construyendo a trompicones lo prueba el hecho de que la primera secuencia de rodaje, la persecución en lanchas, ni se encontraba escrita el día del inicio. Allí, en medio de las marismas de Luisiana, se fue moldeando la espectacular escena de acción, que sufrió retrasos por la subida de las aguas y el cólico nefrítico de Moore. En idéntico orden, la secuencia del criadero de cocodrilos, con el que Mankiewicz se topó de casualidad (el cartel de advertencia era auténtico). El nombre de Kananga se lo brindó el criador, Ross Kananga, quien hizo de doble de Moore para la escena de los saltos sobre los lomos de los cocodrilos (a la quinta, y casi le cuesta un pie). Sí estuvieron todos de acuerdo, productores, director, guionista y actor, en no repetir el error cometido con Lazenby. La era Connery había terminado (y eso que Mankiewicz lo tentó una última vez, esbozándole el planteamiento general de la historia, que el escocés, a su golf y a su banco, rechazó con amabilidad). Moore era un actor sofisticado, seguro de sí mismo, capaz de lanzar frases lapidarias, dotadas de un matiz socarrón y truhanesco, con pasmosa y contundente destreza. Era un actor para un 007 diferente al encarnado por Connery, con su esencia, si bien delineado con otro grano de carboncillo. Se exageró, empero, al borrar la intervención de Desmond Llewelyn y el Martini con vodka. Se salvaguardaron, al menos, a Bernard Lee, como M, y a Lois Maxwell, como Moneypenny. En el capítulo del protagonismo femenino, el virginal rostro de Jane Seymour suplió con creces los atributos del personaje y el desparpajo de Gloria Hendry inauguró el elenco de amantes de raza negra del agente británico… ojo, con especial cuidado sobre los besos en pantalla. La música se encargó a George Martin, quien compuso temas musicales originales para el periodo Moore; la letra para los créditos la escribieron Paul y Linda McCartney, interpretada por el propio Paul McCartney y su grupo The Wings, que arranca con una bella balada para implosionar en una orgía lisérgica que le hurta la entidad. Geoffrey Holder, reconocido bailarín, asumió el papel del Barón Samedi y coreografió los variados bailes del largometraje. La producción contrató a especialistas negros asociados, que fue un progreso en la fecha, aunque aún deambuló por el plató algún que otro blanco embetunado, ante la mirada aviesa de Eddie Smith, quien, amén de especialista en el filme, presidía la asociación. Finalmente, Roger Moore, profesional sabedor de que debía pulir su cuerpo de acuerdo con las expectativas del personaje, sumó a sus treinta minutos diarios de natación otros tantos de ejercicios supletorios, exhibiéndose como un figurín en el estreno de Vive y deja morir en 1973.

Tres británicos vinculados al MI6 son asesinados en extrañas circunstancias. Un representante en la ONU, mediante una descarga sónica transmitida a través del auricular de traducción, que le fríe el cerebro; un agente en Nueva Orleans, apuñalado en medio de un desfile funerario (adviértase el prestidigitador sistema de recogida del cadáver); y otro en un ritual vudú en la isla de San Monique. El Servicio Secreto Británico se pone manos a la obra, razón por la cual M acude a casa de James Bond a primera hora de la mañana para asignarle la misión en persona. A tan intempestivas horas diurnas, Bond se encuentra adormecido entre los candorosos brazos de una agente italiana (Madeline Smith), quien lo ha acompañado hasta Londres tras su última misión en Roma, no fuera a desorientarse por el camino. Se esconde ésta en el ropero, mientras M plantea la nueva misión a 007. Todo apunta al representante de San Monique, Kananga (Yaphet Kotto), quien ya está siendo vigilado por Felix Leiter (David Hedison) en Nueva York; así que Bond cogerá el primer avión con este destino y participará en la vigilancia. Durante la improvisada reunión en el hogar del espía, aparece Moneypenny, para entregarle el reloj que acaba de reparar Q, facultado con una fuerza magnética insólita. Tiene tiempo 007, antes de partir, de despedirse como es debido de la agente italiana. Su llegada a Nueva York es presagiada por Solitaire (Jane Seymour), joven tarotista al servicio de Kananga, permitiendo a éste pergeñar un primer intento de asesinato del agente. Entretanto Bond se mantiene sobre la pista del particular modelo de vehículo que ha participado en la tentativa de crimen, que lo conduce (nunca mejor tecleado) hasta una tienda de artículos de vudú y demás parafernalia promocional, Kananga esquiva la vigilancia de la CIA valiéndose del innovador ingenio de una cinta magnetofónica grabada con uno de sus castristas discursos con efectos narcóticos (apláudase el bolamen de la CIA para colocar micrófonos en un edificio diplomático). Desde la tiendecita de artículos de coña, 007 sigue al coche investigado hasta un bar en pleno Harlem, barrio donde todos los neg… los residentes de colo… los afroamericanos parecen estar al servicio de Kananga, hasta el punto de que, por una modalidad de pared giratoria, Bond desaparece del bar ante la ataraxia de los parroquianos allí congregados. En la sala oculta, rodeada de sicarios, se halla Solitaire, quien profetiza un futuro sicalíptico con el agente británico, y se presentan el secuaz, mano de pinza, Tee Hee (Julius Harris) y el jefe del cotarro Mr. Big, una suerte de gánster mitad narcotraficante mitad proxeneta setentero, que encarga a sus lacayos que se lleven a Bond y lo maten. Entre chascarrillos socarrones (en verdad, Bond sabe que es el protagonista y no puede morir), los ejecutores designados guían al agente por uno de aquellos infectos y nauseabundos callejones neoyorquinos de la época, donde, con la asistencia imprevista del agente Strutter (Lon Satton), escapa por enésima vez de la muerte. Kananga regresa a San Monique y para allá que se marcha Bond, alojándose en un hotel, donde chamusca a una serpiente asesina y respeta cinco segundos de cortesía antes de seducir a Rosie Carver (Gloria Hendry), agente novata de la CIA asignada para colaborar con él. Directos hacia la mansión y tierras de Kananga, el trayecto en barco corre a cargo de Quarrel júnior (Roy Stewart) —el padre murió en la isla del Doctor No—, mientras que, durante el terrestre, Bond y Rosie tienen hueco en la misión para disfrutar de un pícnic en el que se revelará que Rosie es una agente doble a las órdenes de Kananga. Morirá huyendo al ser descubierta, víctima de una trampa pseudovudú. Procede, en este punto en el que la historia escora al caos, un arduo ejercicio de sumariedad. El caso es que Solitaire pierde sus poderes adivinatorios, al instante de perder su virginidad con 007 (recurre éste a una pícara treta de escasa caballerosidad). Procuran ambos escapar de las garras de Kananga, encontrando una plantación de amapolas y descuartizando un autobús por el camino. La acción se ha de trasladar ahora a Nueva Orleans, pero Bond y Solitaire son interceptados en el aeropuerto y sólo el agente británico logra zafarse usando una avioneta inoperativa para el vuelo. Poco le durará la libertad, pues, en la sucursal de Nueva Orleans del bar de Mr. Big, es secuestrado de nuevo. Entonces, se desenmascara (literalmente) el gánster, quien, en realidad, es Kananga, cuya máscara de látex despega a tropezones ante Bond (tampoco es que el careto de goma sorprenda); desenmascara a Solitaire, que ya no puede ocultar más el cese de sus habilidades; y desenmascara su retorcido plan maestro: regalar heroína a la población estadounidense hasta eliminar a la competencia y alcanzar niveles de adicción suficientes como para comenzar a venderla amparado por el estatus del monopolio. Transcurre, en este momento, el esperpéntico episodio del reiterado proyecto de ejecución de James Bond, localizado en un apartado criadero de cocodrilos, en lo más profundo de Luisiana, donde se camufla el laboratorio de drogas de Kananga. En este rinconcito austral, Tee Hee dejará a Bond a merced de los cocodrilos, de los que se librará en gimnástica maniobra fantasiosa, para dirigir, después, a los animales hasta el laboratorio e incendiarlo. La fuga fluvial en lanchas motoras de James Bond, perseguido por los esbirros, resulta ser una de las secuencias de acción más fantásticas del cine, únicamente empañada por la introducción del Sheriff Pepper (Clifton James), bochornoso personaje parodia del sureño más recalcitrante e ignominioso. De vuelta a San Monique, a fin de destruir los campos de amapolas y de rescatar a Solitaire, a las puertas del sacrificio vudú, Bond, armado con un pistolón kilométrico y patrocinado por un ataúd de serpientes, en apariencia, liquida hasta en dos ocasiones al Barón Samedi (Geoffrey Holder). Pese a lo cual, ah, Bond y Solitaire son atrapados en las entrañas subterráneas dispuestas para la distribución de la droga. Bien ataditos por Kananga para que la pareja sea devorada por los tiburones, 007 corta la soga con un uso serrador del reloj encubierto al espectador y finiquita a Kananga con una bala de aire comprimido de descacharrantes efectos sobre los seres humanos. El epílogo escenifica el viaje romántico en tren de Bond y Solitaire durante el que surge sin invitación Tee Hee. En una descarnada lucha en el interior del compartimento (cuyo diseño y desarrollo recuerda a la de Desde Rusia con Amor —1963—), Bond derrotará a Tee Hee, y los amantes continuarán plácidamente su viaje… O no, porque el Barón Samedi vive y ha subido al tren.

Vive y deja morir fue un éxito rotundo. El público acogió con agrado el nuevo estilo visual y cinematográfico del personaje. El precio a pagar, para mi gusto, sería un vuelco a la comedia de situación que ya ensayara Moore en Mainly Millicent, con fuertes improvisaciones e incoherencias en la narración, despropósitos y dislates en el desarrollo de la historia y la impresión de un personaje que, fuera del chiste fácil, se antoja plano y escurridizo de emociones. A pesar de todo, el largometraje es un producto entretenido y resultón, cumple con su deber, y Roger Moore protagonizaría el (hoy) récord de siete títulos de la saga.


Lucenadigital.com, 5 de septiembre de 2024

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