Pues resulta que voy a ser uno de esos
imbéciles que le ha dado por salir a correr. Ya sabe, de esos que se calzan
unas zapatillas fluorescentes y se lanzan a la calle un par de veces por semana
para completar el circuito elegido, entre un amplio abanico de ofertas, a cual
más sugerente. Running, lo llaman (en
tercera del plural, aquí no me incluyo; hasta ahí podíamos llegar, vamos; disponiendo
de la voz española, a santo de qué tirar del vocabulario de la pérfida Albión).
Para argumentar los motivos que me llevan a pegarme una paliza de órdago y
acabar cansado y sudando como un cerdo, no voy a filosofar acerca de aquello de
encontrarse con uno mismo, disfrutar de la soledad de tu mismidad, alcanzar un
estado de placer liberador o adentrarte en una catarsis autoreflexiva de
superlativa conciencia cósmica, porque eso son memeces. Salgo a correr, porque
es un óptimo ejercicio, complemento ideal a una serie de rutinas físicas.
Punto. Favorece la circulación sanguínea, armoniza el ritmo cardíaco, fortalece
las piernas, activa la musculación troncal y entrena la resistencia. Todo con
moderación, oiga. No es cuestión de prepararse para la maratón olímpica.
Treinta o cuarenta minutos, máximo, sería lo recomendable. Tampoco soy de los
que gustan de la música retumbando en los oídos, ni se obsesionan con el
modelito o se consagran a la labor de aglutinar el equipamiento completo, con
todas las pijotadas que escupe el mercado, desde la cinta reflectante hasta el
cinturón portageles energéticos, pasando por brazaletes variopintos y guantes
concebidos para poder manipular la pantalla táctil del móvil. Me conformo con
camisetas y pantalones transpirables y zapatillas apropiadas para el terreno,
ya que, metido en faena, no es lo mismo, atención, dar zancadas sobre tierra que
sobre asfalto. Lo segundo es más dañino, pone a prueba talones, tobillos,
rodillas y caderas; el impacto es mayor para gemelos, isquiotibiales y
cuádriceps. A este suscribiente, el comienzo de la práctica le regaló una
lesión de seis meses, traída tras superar la pertinente inflamación de
rodillas, por supuesto. Como manda la ley.
sábado, 15 de octubre de 2016
viernes, 7 de octubre de 2016
Presentación en Córdoba (fotos)
Disfrutamos de la presentación de Ni piedad ni perdón en Córdoba.
Mi agradecimiento para la Fundación Miguel Castillejo y para la Asociación Cultural Naufragio, por la organización; así como para Antonio García, por su compromiso, y para Sensi Budia, por sus generosas y cariñosas palabras.
lunes, 3 de octubre de 2016
Guerra, paciencia, enigma, paradoja
Artículo publicado hoy en Lucenadigital.com:
Cuando tecleo estas líneas, acaba de estallar la guerra civil en el PSOE: diecisiete miembros de su Ejecutiva (héroes, para unos; traidores, para otros) han dimitido. Con cainismo hispano, los socialistas rebelados contra Pedro Sánchez lo han ninguneado y vilipendiado para encumbrar a Susana Díaz (conspiradora en la sombra). Siendo honestos, Sánchez ha cometido el pecado de cumplir (¿a rajatabla y con entusiasta entrega?, sí) las órdenes de su Comité Federal («no es no»)...
viernes, 30 de septiembre de 2016
Una década del naufragio
Artículo publicado hoy en Surdecordoba.com:
La Asociación Cultural Naufragio cumple diez años. No es moco de pavo, el aniversario. Vincularse a la Cultura (perdón por la mayúscula) en España, y hacerlo de manera asociativa durante una década, es gesta digna de laureles. Porque, este criadero de pancistas, tecleaba, es España, donde la Cultura (perdón por la mayúscula, otra vez) está mal vista. O no está reconocida. O no se le otorga el mérito que debiera. O esa visión, ese reconocimiento, ese mérito son inversamente proporcionales al coste del acceso. Quiero decir que, al español, cuanto menos le valga, más Cultura (ídem, a lo de la mayúscula) consumirá...
viernes, 23 de septiembre de 2016
Presentación de "Ni piedad ni perdón" en Córdoba
El próximo 6 de octubre, jueves, Ni piedad ni perdón se presentará en Córdoba. Será en la Fundación Miguel Castillejo (Plaza de las Doblas, 1), a las 20.00 horas.
El acto estará organizado por la Fundación Miguel Castillejo y la Asociación Cultural Naufragio, y me acompañarán Sensi Budia, Directora Ejecutiva de Naufragio, y Antonio J. García Uceda, Director Cultural de la Fundación Miguel Castillejo.
jueves, 15 de septiembre de 2016
Otras simpáticas gilipolleces
Se han superado holgadamente los cuatro años
desde que me comprometiera a ofrecer una segunda entrega para esta serie de
creaciones humanas más acordes con la desfachatez de la vulgar irrelevancia que
con elegancia de la ilustre razón. De esta serie de simpáticas gilipolleces que
nada aportan al engrandecimiento de la humanidad, ni son ejemplo para
generaciones venideras o materia de estudio de futuros planes académicos.
Aunque el problema, claro, es que detrás de toda gilipollez hay un gilipollas
dispuesto a asumir, cordial, la autoría.
El tonto el Internet
Es conocido refrán castellano aquél que dice
que, cuando un tonto coge un camino, el camino se acaba, pero el tonto sigue
ahí. Yo, frente a tales menesteres, y sin desmerecer la calidad del tonto
berroqueño, enrocado en la mismidad de su tontería, soy más partidario de
parafrasear al Eclesiastés, llegando
a la conclusión de que el número de imbéciles que pululan por este mundo es
incontable. Basta con echar un vistazo a las consecuencias de Internet. Las
ventajas son extraordinarias, cuidado; aunque por ello haya que pagar el
pertinente precio. ¿Merece la pena? Sin duda. Lo merece. Lo cual no evita que el
tonto, y me refiero al tonto de verdad, al de libro, tenga a su alcance un
nuevo medio, quizá el más versátil y universal, para deleitar al mundo con un
amplísimo y variopinto catálogo de tonterías, poniendo de manifiesto no sólo la
virtud de su tontedad, desconocedora de límites, sino además su admirable afán
de superación y su pertinaz rivalidad con otros que, como él, se empecinan en
probar al planeta que el tonto del haba es el único ser que no comprende de
discriminación por cuestión de raza, nación, nacimiento, sexo, edad, ideología
o religión.
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